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martes, 2 de mayo de 2017

Teatro moderno japonés a partir de 1960. El angura, IV

Teatro underground y teatro kabuki  
Como prometí, hoy compararé algunos de los recursos escénicos de El jorobado de Aomori, la obra de Terayama Shūji que comenté en mi anterior artículo y de la que inserté su vídeo, con otros del teatro tradicional japonés, principalmente kabuki bunraku. Con ello veremos que las compañías underground japonesas y no solo la de Terayama, a pesar de su radicalismo y lenguaje moderno, fusionaban en sus piezas elementos que pertenecían al repertorio más ancestral de su país.

Curiosamente, a ojos de la mayoría de los críticos y públicos occidentales esas referencias no resultaban anticuadas, sino todo lo contrario, “muy modernas”. Sin duda, existía esa opinión porque ni unos ni otros habían estado en contacto con esa tradición japonesa. El teatro , el bunraku y el kabuki no formaban parte de la cultura clásica de Europa, por lo que para sus artistas más vanguardistas no solo no representaban un lastre o convencionalismo que debían destruir, sino que les inspiraban nuevas ideas y planteamientos, precisamente por su lejanía.

Tradición y vanguardismo, la relación actor público
Tanto el teatro como el kabuki utilizan ciertos recursos escénicos que, a principios del siglo XX y mucho más ampliamente en la posguerra, se veían por parte de las vanguardias euro-americanas como posibles planteamientos innovadores. Uno de ellos era la pasarela que, atravesando la platea, comunica el proscenio de los teatros de kabuki con una pequeña sala situada en la parte trasera del patio de butacas, de donde surgen los actores en determinados momentos.

En el kabuki, cuando un personaje se desplaza por esa especie de puente entre el público, interactúa con los espectadores en un grado insospechado en la Europa del siglo XIX. Esa comunicación directa fue uno de los aspectos que más entusiasmó a los primeros europeos que asistieron a una representación de kabuki en Japón. Véase este artículo de mi blog sobre el shinpa.

Las fotografías siguientes son de dos teatros emblemáticos, el más antiguo de Japón, el Konpira Ōshibai, también conocido como Kanamaru-za, en Kotohira, y el Kabuki-za de Tokio, recién reconstruido en 2013. En ambas se aprecia esa especie de pasarela, llamada hanamichi, que atraviesa el patio de butacas desde su pared trasera hasta el proscenio.

La pasarela en el Kanamaru-za de Kotohira, 1836. Foto: www.japan-guide.com
http://www.japan-guide.com/e/e2090.html

En la foto anterior se observa que no aparecen butacas, sino una especie de cubículos definidos por unos tablones elevados que marcan el lugar donde se sientan los espectadores, en el suelo. Ese era el sistema en los antiguos teatros japoneses. Más adelante, inserto un clip de una representación en esa misma sala donde puede intuirse perfectamente cómo debía de ser hace siglos el ambiente durante una función de kabuki y la relación que se creaba entre el público y los actores. 

La pasarela en el anterior Kabuki-za de Tokio, 1950. Foto: www.japan-guide.com
http://www.japan-guide.com/e/e2090.html 

La ilustración anterior es del Kabuki-za, el teatro de Tokio que se derribó en el año 2010 para reconstruirlo en el mismo emplazamiento. Se reinauguró en el 2013. En este caso, como en todas las salas modernas, sí tiene instaladas butacas para los espectadores. En el lado izquierdo de la platea se distingue perfectamente la pasarela, que ya he dicho que se denomina hanamichi. Las dimensiones generales del actual Kabuki-za, muy similares al anterior, son las siguientes: boca de escena, 27,57 metros de ancho y 6,36 de alto; espacio bajo escenario, 16,40 metros de alto; hanamichi, 18,20 de largo; plataforma giratoria, 18,18 metros de diámetro; profundidad de la escena, 20,00 metros. Además, cuenta con cuatro elevadores en el escenario y uno en la hanamichi. Creo que resulta interesante constatar el formato extremadamente apaisado de la embocadura, su anchura es más de cuatro veces su altura.

En la fotografía siguiente muestra el final de una célebre obra de kabuki. En ella se ve al actor protagonista que encarna a un oficial que en ese momento renuncia a las armas para retirarse a un templo budista. Cuando cruza el proscenio y se sitúa en la pasarela, en pleno patio de butacas, su mutis proyecta toda su intensidad dramática hacia el público cercano mientras declama la última frase de la obra. Allá lejos, en el centro del escenario, vemos al señor feudal de turno despidiéndole con la mirada y agradeciéndole, de forma nada expansiva, el servicio prestado, que resulta ser el haber matado a su propio hijo, el del ahora monje, para salvar la vida del heredero del emperador. Este es uno de los finales más conmovedores de todo el repertorio de kabuki.

La obra se titula Kumagai jinya y los interesados pueden adquirir su vídeo en Amazon en este enlace, o en Far Side Music, en este otro.

La pasarela, llamada hanamichi, que atraviesa la platea de un teatro de kabuki
Foto de Yoshida Chiaki en Gunji Masakatsu: Kabuki. Kodansha, 1985.

En el teatro occidental clásico, en casi ningún caso los personajes cruzan la virtual “cuarta pared” que separa el escenario del patio de butacas. Por un lado, los actores viven en un universo aislado del real, del mundo de los espectadores. Por otro, gracias a esa pared "transparente", estos se sienten protegidos de cualquier acontecimiento desarrollado en las tablas que pueda incomodarlos o que intente invadir su espacio privado.

Pero en el kabuki, gracias a esa pasarela, tanto en las entradas como en sus mutis, el actor accede a su propio universo, el del escenario, o regresa de él atravesando el mundo de los espectadores por esa especie de pasillo elevado. En ese momento, el personaje queda materialmente rodeado por su audiencia, la interrelación entre ambos es física, palpable. En los antiguos teatros de kabuki, como el de la primera fotografía, esa casi promiscuidad creaba una atmósfera única, la de un verdadero teatro popular.

Eso se aprecia perfectamente en el corto vídeoclip que adjunto, solo 45 segundos para no vulnerar derechos, extraído de un reportaje de la cadena de televisión NHK sobre el antiguo teatro de Kanamaru-za en Kotohira. En él podemos intuir cómo debía ser el ambiente durante una representación de kabuki en el periodo Edo (1603-1868), sin duda propiciado por la famosa hanamichi.



Vemos pues, que esa relación directa entre actor y público, tan reivindicada como elemento innovador por las vanguardias teatrales occidentales, no lo era tanto en Japón. Las compañías underground de todo el mundo buscaban esa comunicación física entre actor y espectador. Solo ella ya resultaba suficientemete provocadora, independiente de la acción que se llevara a cabo en ese momento. Pero para las troupes japonesas hermanas y para su público esa interrelación no era tan nueva ni perturbadora en sí, por lo que en su caso el elemento realmente agitador debía concentrarse en lo que acontecía.

Tradición y vanguardismo, vestuario y maquillaje
El vestuario y el maquillaje del teatro tradicional, y en concreto los del kabuki, son otros dos elementos de su tradición escénica a los que no renuncia el teatro underground de Japón. Eso lo vimos en el clip de la obra de Terayama que inserté en el anterior artículo. Allí el personaje femenino, encarnado por un actor, lleva un vestido y un maquillaje que claramente recuerda los del kabuki. En esa forma clásica, el exuberante vestuario tiene una simbología muy relacionada con el carácter y naturaleza de cada papel, por lo que directores y actores vanguardistas japoneses no deseaban prescindir de ese valor expresivo, aunque fuese tradicional. Para comprobarlo, no hay más que comparar las dos fotografías siguientes, una de la pieza de Terayama mencionada y otra de una danza de kabuki.

Vestuario angura, el actor Miwa en El jorobado de Aomori de Terayama. 
Foto: extraída del vídeo de la obra insertado en el anterior artículo.

Vestuario de kabuki, Tamasaburō en Kagamijishi.
Foto de Yoshida Chiaki en Gunji Masakatsu: Kabuki. Kodansha, 1985.

Tradición y vanguardismo, declamación y música
Otros elementos que utiliza Terayama en su obra son una forma de declamación y música que recuerdan mucho al teatro de marionetas japonés. Sin embargo, la vocalización del personaje de la escolar en el vídeo que inserté hace dos semanas es, en puridad, la empleada en el denominado naniwabushi o rōkyoku, nombre dado a un relato que se acompaña con música de shamisen y que nació en el periodo Meiji a partir del arte de los narradores del teatro de marionetas bunraku. Ese género, en el que el intérprete solía contar historias que oscilaban entre lo cómico y lo melodramático, se hizo muy célebre a principios del siglo XX. En la ilustración siguiente se muestra a un par de artistas de esa especialidad, hoy día muy minoritaria.

Kunimoto Takeharu, narrador y Sawamura Toyoko, shamisen, en una actuación de naniwabushi
Foto: Wikimedia Commons.

A continuación inserto un extracto de solo un minuto del montaje de Terayama para El jorobado de Aomori y otro, aún más corto, de una función de bunraku de la obra Terakoya. Creo que podrán compararse fácilmente y constatar que existen semejanzas, a pesar de ser géneros muy diferentes y piezas separadas más de doscientos años.

Terayama Shūji: El jorobado de Aomori, 1969.

Takeda Izumo I, Takeda Izumo II y Namiki Sōsuke: Terakoya, 1746.

La interrelación entre audiencia y actores, el antirrealismo, la exuberancia visual o la consciencia de la fugacidad de todo en este mundo eran elementos presentes en el kabuki del periodo Edo, espectáculo plebeyo por antonomasia. Curiosamente, lo seguían estando en los happenings, acciones y todo tipo de representaciones escénicas de los movimientos underground japoneses en los años sesenta.

Algunas de esas características del kabuki también fueron reinterpretadas por las vanguardias europeas. El primero en hacerlo seguramente fue Meyerhold, muy interesado en romper con el naturalismo que a principios del siglo XX dominaba en la escena europea. El artista ruso no pudo ver una verdadera representación de kabuki hasta 1928, aunque en 1901 pudo asistir a una de shinpa de Kawakami como explique en este artículo. Seguramente, ese primer contacto ya le hizo ver que algunos elementos del teatro japonés podían serle de utilidad en sus proyectos.

La rotura de la “cuarta pared”, la intervención de ayudantes de escena a la vista del público pero "teóricamente invisibles", la aparición de personas, no personajes, que anuncian las escenas, (como en el bunraku), incluso el permitir que el público coma y beba durante la función, todo ya existía hace siglos en el teatro japonés. Para los interesados en este tema recomiendo el artículo de Violetta Brázhnikova Tsýbizowa: “Influencia de la plástica teatral del kabuki en la puesta en escena meyerholdyana”, en ¿Qué es Japón? Introducción a la cultura japonesa, editado por Fernando Cid Lucas y publicado por la Universidad de Extremadura en Cáceres en 2009.

Quizás me he ido un poco por las ramas en este artículo. Procuraré centrarme un poco más en el siguiente, será dentro de quince días.